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03 enero 2012

EL ÚNICO GORDO EN UN PAÍS DE FAMÉLICOS

Hay una frase hecha que dice que no está bien alegrarse de la muerte de nadie. Perdonad que la deseche y admita abiertamente que he celebrado la del dictador norcoreano Kim Kong-il. Sólo siento que no hubiera llegado antes. Antes de que hubiera ejecutado a quienes se le oponían. Antes de que enviara a miles de inocentes al gulag. Antes de arruinar su país y transformarlo en el lugar más triste reprimido cerrado cruel del mundo. Y antes, también, de haber reducido a todo un pueblo a una convención de plañideras.

Las imágenes de miles de personas llorando histéricas en las calles de Pyongyang, abrazadas a retratos del Querido Líder, han llevado a muchos a preguntarse cómo es posible que los norcoreanos amaran con semejante pasión al mayor tirano de nuestro tiempo. La respuesta es que no lo hacen.

No hablamos de un país, sino de una inmensa cárcel con 22 millones de personas dentro. Cada mañana son despertadas con loas al líder a través de altavoces instalados en plazas y avenidas. Se postran ante retratos y estatuas del déspota una media de 50 veces al día. Niños, mujeres y ancianos llevan en la solapa un pin con su imagen o la de su padre, el fundador de la patria Kim Il Sung.

No mostrar la suficiente devoción al líder se paga con la cárcel. Pero como en toda dictadura siempre hay valientes, el régimen ha encontrado la forma de erradicar los actos de coraje opositor. Va al gulag no sólo el disidente o el falto de pasión revolucionaria, sino toda su familia. Tres generaciones: hijos, padres y abuelos. A veces, también los vecinos, acusados de haber fallado en el deber de vigilar lo que hacía el camarada del tercero derecha.

No, nada es lo que parece en 'Kimlandia'. Si el líder muere, más te vale llorar. Cuando lloras, trata de hacerlo más que el de al lado. Si no lloras, un actor o figurante lo hará por ti y tú irás a la cárcel por falta de corazón revolucionario. Está mal alegrarse de la muerte. Pero yo no puedo evitar hacerlo por la de Kim Jong-il. Le sucede su hijo Kim Jong-un, que gobernará, al igual que su padre, rodeado de los lujos que priva a su gente. El único gordo en un país de famélicos.
También me alegraría su muerte y me gustaría que llegara cuanto antes. Antes de que ejecute a quienes se le opongan. Antes de que envíe a miles de inocentes al gulag. Antes de que siga arruinando un lugar que no merece ser el más triste deprimido cerrado cruel del mundo. Y antes, también, de tener que asistir a la indignidad de ver a sus ciudadanos llorando como plañideras el adiós de otro dictador al que detestan.

11 diciembre 2011

Memorable discurso

Memorable discurso


Lo siento, pero no quiero ser emperador. No es lo mío. No quiero gobernar o conquistar a nadie. Me gustaría ayudar a todo el mundo, si fuera posible: a judíos, gentiles, negros, blancos. Todos nosotros queremos ayudarnos mutuamente. Los seres humanos somos así. Queremos vivir para la felicidad y no para la miseria ajena. No queremos odiarnos y despreciarnos mutuamente. En este mundo hay sitio para todos. Y la buena tierra es rica y puede proveer a todos.
El camino de la vida puede ser libre y bello; pero hemos perdido el camino. La avaricia ha envenenado las almas de los hombres, ha levantado en el mundo barricadas de odio, nos ha llevado al paso de la oca a la miseria y a la matanza. Hemos aumentado la velocidad. Pero nos hemos encerrado nosotros mismos dentro de ella. La maquinaria, que proporciona abundancia, nos ha dejado en la indigencia. Nuestra ciencia nos ha hecho cínicos; nuestra inteligencia, duros y faltos de sentimientos. Pensamos demasiado y sentimos demasiado poco. Más que maquinaria, necesitamos humanidad. Más que inteligencia, necesitamos amabilidad y cortesía. Sin estas cualidades, la vida será violenta y todo se perderá.
El avión y la radio nos han aproximado más. La verdadera naturaleza de estos adelantos clama por la bondad en el hombre, clama por la fraternidad universal, por la unidad de todos nosotros. Incluso ahora, mi voz está llegando a millones de seres de todo el mundo, a millones de hombres, mujeres y niños desesperados, víctimas de un sistema que tortura a los hombres y encarcela a las personas inocentes. A aquellos que puedan oírme, les digo: “No desesperéis”.
La desgracia que nos ha caído encima no es más que el paso de la avaricia, la amargura de los hombres, que temen el camino del progreso humano. El odio de los hombres pasará, y los dictadores morirán, y el poder que arrebataron al pueblo volverá al pueblo. Y mientras los hombres mueren, la libertad no perecerá jamás.
Soldados. No os entreguéis a esos bestias, que os desprecian, que os esclavizan, que gobiernan vuestras vidas; decidles lo que hay que hacer, lo que hay que pensar y lo que hay que sentir. Que os obligan a hacer la instrucción, que os tienen a media ración, que os tratan como a ganado y os utilizan como carne de cañón. No os entreguéis a esos hombres desnaturalizados, a esos hombres-máquina con inteligencia y corazones de máquina. Vosotros no sois máquinas. Sois hombres. Con el amor de la humanidad en vuestros corazones. No odiéis. Sólo aquellos que no son amados odian, los que no son amados y los desnaturalizados.
Soldados. No luchéis por la esclavitud. Luchad por la libertad. En el capítulo diecisiete de san Lucas está escrito que el reino de Dios se halla dentro del hombre, no de un hombre o de un grupo de hombres, sino de todos los hombres. En vosotros. Vosotros, el pueblo tenéis el poder, el poder de crear máquinas. El poder de crear felicidad. Vosotros, el pueblo, tenéis el poder de hacer que esta vida sea libre y bella, de hacer de esta vida una maravillosa aventura. Por tanto, en nombre de la democracia, empleemos ese poder, unámonos todos. Lucharemos por un mundo nuevo, por un mundo digno, que dará a los hombres la posibilidad de trabajar, que dará a la juventud un futuro y a los ancianos seguridad.
Prometiéndoos todo esto, las bestias han subido al poder. Pero mienten. No han cumplido esa promesa. No la cumplirán. Los dictadores se dan libertad a sí mismos, pero esclavizan al pueblo. Ahora, unámonos para liberar el mundo, para terminar con las barreras nacionales, para terminar con la codicia, con el odio y con la intolerancia. Luchemos por un mundo de la razón, un mundo en el que la ciencia y el progreso lleven la felicidad a todos nosotros. Soldados, en nombre de la democracia, unámonos.
BONUS: Video version.